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Sobre la sociedad posmoderna, la estética y el capitalismo


El capitalismo está agotado, es un sistema caduco. Con esta crisis está dando sus últimos coletazos, vagando con el intento inservible de recuperar sus esencias más ancestrales y perversas para intentar sobrevivir ante una muerte que se anuncia no muy lejana. La solución keynesiana, social es útil para salir de la crisis, pero anacrónica como modelo. Se instauró y dio los mejores años del capitalismo. Un modelo fordista, consumista, que aplicaba mejoras sociales y salariales, parches para que el capitalismo asumirá un rostro humano, desdeñándose de su careta más pérfida y más genocida. Pero con el cambio de modelo capitalista, con la globalización neoliberal y su capitalismo informacional, el modelo social del capitalismo fue barrido paulatina y vilmente  de forma orquestada por unas elites que veían como los beneficios que obtenían con sus juegos ludópatas y avaros de cariz especulativo eran más rentables que la tradicional economía productiva, la real.

¿Por qué no es el keynesianismo social un modelo servible de nuevo? Porque la sociedad del consumo, el capitalismo consumista que se escondía bajo el mayor logro social de todo los tiempos, el Estado del Bienestar (hoy en peligro de extinción), es insostenible desde el punto de vista ecológico. Producir más, sin parar, es conducir el planeta a la barbarie de la destrucción. Por tanto, solo se vislumbra una salida: el “buen vivir”.

No obstante, nos vamos a centrar en la sociedad postmoderna, y no en los avatares futuros del capitalismo. La postmodernidad (criticada por muchos) es una realidad palpable. La política a gran escala, la de los partidos hegemónicos y dominantes es un reflejo claro de ello. Las ideologías son algo secundario, y si me apuras algo vetusto. Son partidos que se mueven como maquinas electorales. Una vez tanto los devotos tradicionales como los nuevos creyentes que antes criticaban y combatían esa fe rezan al dios mercado, la política en su trasfondo es pura estética, pura imagen, acentuada por las nuevas comunicaciones y por la pervivencia en la sociedad de lo audiovisual. Eso se traslada inevitablemente a la sociedad, a las relaciones y al comportamiento de los nuevos súbditos, que se creen libres bajo su ignorancia alimentada por el poder neoliberal.

La filosofía neoliberal combinándola  con el consumismo publicitario, basado en los instintos más irracionales y en la imagen superficial, forman un tejido perfecto para la alienación de las masas y sus compartamientos vejatorios e individualistas.

La contracultura, y su vínculo al anarquismo, en sus comienzos impuso unos valores de los cuales se aprovechó el sistema, las elites para derribar el consenso social, del cual estaban hartas porque sus beneficios empezaban a ser inferiores al conjunto de la renta salarial. La ruptura del colectivismo y el avanzar hacia mayor libertad se trasmuto en individualismo salvaje e insolidario; el ecologismo se convirtió en algo trasversal, olvidando la contradicción semántica y pragmática entre ecologismo y sistema capitalista; y el feminismo se incorporó al capitalismo como lucha por si habían más mujeres que hombres dirigiendo multinacionales. Eso era despojar al feminismo de sus propias esencias emancipadoras basadas en la lucha inseparable de acabar con el capitalismo y su moral patriarcal.

La filosofía neoliberal promueve el individualismo, la meritocracia. Asume que todos estamos en igualdad de condiciones, sensación creada por un Estado Asistencial (perdón del Bienestar quería decir) que divide a la gente entre perdedores y ganadores. Los perdedores, ya sean por su condición social, étnica, de género o por la personalidad del ser humano en concreto, son excluidos del sistema de relaciones sociales de distinta forma. Son marginados, incomprendidos. Encarnan la disidencia involuntaria de un sistema hecho de pura imagen, de estética. La sociedad del plástico es solo apariencia, el trasfondo no cuenta. La pintas, la vestimenta de cada ser humano es el que dictamina a otro a establecer una relación. Para conseguir lo que tenía que ser algo más igualitario y diferente en todos los casos, como el amor, se tiene que aparentar, establecer esa reafirmación del discurso de ganador, porque nadie quiere a los perdedores. Ahí se establece la filosofía del capitalismo moderno, guay y progre; y por otro arrastra a la mujer a comprar esos valores, que en su trasfondo inspiran machismo en estado puro. Lo sé,en estoy soy un cínico, todos lo hacen sin excepción, pero el que lo practique no me quita la razón de que esto sea así, y sea consecuencia de la imposición de un superestructura determinada para las relaciones social-amorosas. Uno de los casos más paradigmáticos de las  relaciones es el burka occidental, el maquillaje,aceptado por las mujeres, que se arreglan como si fueran productos de marketing, no para sentirse mejor.

La sociedad postmoderna integrada y vertebrada por la lógica del dinero convierte lo impensable en mercancía: el amor. El amor se convierte en una mercancía que se compra ya sea con dinero de manera indirecta o con estética. Nos encontramos delante del mercado del amor, donde se establece una oferta y una demanda que es imperfecta, ya que se encuentra regida por los cánones oficiales, por las tendencias socio-culturales y las imposiciones artificiales de carácter neoliberal integradas en el vivir de todos los días.  El romanticismo, el amor puro, se convierte en algo pasado de moda, y que si se practica se banaliza, y se secuestra por la sociedad del consumo mediante los regalos. El ejemplo por excelencia  lo constituye San Valentín.

Pero la sociedad de cartón no se queda ahí, está presente también no solo en los discursos reformistas progres y, por supuesto, en el comportamiento icónico de las clases dominantes, sino también en los que se hacen llamar subversivos, los que critican el sistema. No es difícil reconocer la perroflauta no punki, que constituye el patrón de mujer que habitaba en los jóvenes del 15-M. Se caracteriza por sus shorts, por su camiseta de tirantes, pero sobre todo por sus zapatillas estilo convers o parecidas y por su mochila de tirantes, sea esta de piel o de tela. Parecía que en lugar de la ideología, se compraba un estilo, una imagen. Pero sinceramente este comportamiento, que prueba la sociedad de la imagen, que no profundiza, y se queda con lo superficial, al fin y al cabo, no rezuma desigualdad ni ignorancia. En cambio si cuando se añade un elemento: las rastas. Las rastas compran el edificio teórico de que Bob Marley era revolucionario, y, por tanto, el llevarlas se considera un elemento icónico para reafirmar unas ideas, que cuando te tocan comodidades basadas en los desequilibrios territoriales y la dominación norte-sur, con sus matices indispensables de clase social, ya no parecen tan profundas. Pues bien, ese elemento icónico, estético que trasmite contestación al poder establecido se convierte en la consumación de la ignorancia superficial que promulga y que ha instalado el capitalismo postmoderno. La sociedad rastafari, es la sociedad más machista que existe, más incluso que la cristiana o la islámica. Después de esta revelación ¿Es progresista llevar rastas? Cuando las lleva una mujer es ya la cosa más ignorante y vergonzosa que hay.

La sociedad postmoderna convierte a la gente en esclavos de la estética y del consumo. Esta mezcla es en sí bastante terrorista en el sentido alienador y se demuestra en un lugar hecho para este fin más inmediato: los centros comerciales. La gente va a ellos. Su tiempo de ocio, de esparcimiento, en lugar de estar leyendo, de estar con sus amigos/as, su pareja , practicando deporte o quién sabe qué cosa, se van a olvidar sus penas, sus injusticias alimentando el sistema que les oprime mediante el consumo. La gente allí son más que puros borregos. Se reproduce la música dominante, esos ritmos que se distribuyen, se empaquetan, para que sean consumidos por todos, ritmos que introducen la ideología dominante (sobre todo el patriarcado). Los centros comerciales reproducen esa simbiosis de sociedad de la imagen y consumismo. Se consume allí un estilo, que se impone por muchas marcas y prendas, que al final son las mismas y están fabricados (en el caso español y el de vestir que hemos escogido) por el mismo lumpen-oligarca o neocacique. Pero la gente prefiere el trato frío y las grandes superficies para ahogar sus penas. Cuando se sienten mal consumen, no hablan. Consumen, no escriben. Consumen, no piensan. Consumen, no aman. Consumen amor, no lo sienten. La sociedad postmoderna, el capitalismo postmoderno califica este escrito como algo cargado de resentimiento y locura, como que son las conclusiones de alguien que no sabe imponerse a sus fallos, a su moral de perdedor, pero se equivocan. Es un texto que cuenta la realidad desde la óptica de uno que no es ni ganador ni perdedor sino algo más digno: persona.

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